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jueves, 8 de julio de 2010

Antonio Tabucchi

...
... ... y entonces yo le preparé una buena bebida, que es precisamente la bebida que estaba aconsejándole al señor, ¿no quiere probarla, ahora que ya ha hecho la digestión? Quizá, dije, ¿en qué consiste? Mire, dijo, no es exactamente un cóctel ni tampoco un long-drink, digamos que es una cosa que queda entre los dos, una bebida de mi invención, se llama <>. El nombre está muy conseguido, dije, pero ¿cuáles son los ingredientes? Mire, querido amigo mío, dijo en tono confidencial el Barman del Museo de Arte Antiguo, normalmente no acostumbro a revelar los ingredientes de mi cocina, son un secreto profesional, pero como el señor es extranjero voy a decírselo: son tres cuartas partes de vodka, un cuarto de zumo de limón y una cucharada de menta piperita, se pone en la coctelera con tres cubitos de hielo, se agita hasta que duela el brazo y se quita el hielo antes de servirlo, la vodka y el zumo de limón combinan perfectamente, y el jarabe de menta piperita, aparte de darle fragancia, le da un color verde que es necesario a causa del nombre, no sé si lo entiende: verdes, Janelas Verdes, es fundamental. Muy bien, dije, creo que ahora mismo voy a probar el Janelas Verdes’ Dream, me está apeteciendo de verdad. Sabia elección, exclamó el Barman del Museo de Arte Antiguo, todavía le diré más: el zumo de limón quita la sed, el alcohol da energías, que son muy necesarias en un día como éste, y la menta piperita refresca los intestinos, sabia elección. Se levantó apresuradamente y fue hacia la barra.

Antonio Tabucchi
"Requiem"

domingo, 9 de mayo de 2010

C. C. Humphreys

... Hamza batió palmas y los sirvientes trajeron comida. Comida distinta de la versión común y corriente que había conocido hasta ese momento: carne de cabra pero kebabs con hierbas en vez de guiso; arroz salpicado de pistachos, uvas pasas, albaricoques secos; panes rellenos de mermelada de semilla de amapola, recubiertos de romero y glaseados con miel. Y en vez de la limpia agua de río que solían beber, tomaron sorbetes de naranja y granadina.
... Para Vlad sólo faltaba una cosa, y su persistente mirada a una copa vacía provocó la pregunta de Hamza.
... —Tienes antojo de vino, ¿verdad?
... —¿Antojo? No. ¿Deseo? Bueno...
... Se encogió de hombros.
... —¿Cómo era el verso coránico que tan bien citaste en el enderun kolej?
... Vlad se aclaró la garganta. El árabe le salía con facilidad.
... —"Si piden consejo sobre el vino y el juego, diles: Hay algún provecho en ellos para los hombres, pero el pecado es más grande que el provecho".
... —¿Tú crees eso?
... —No. Pero yo no soy musulmán. Además...

C. C. Humphreys
"Vlad"

miércoles, 28 de abril de 2010

Antonio Tabucchi

... Entonces vámonos a comer, dijo Tadeus, vamos a comer aquí abajo, en el Casimiro, oye, no puedes imaginar lo que te espera, ayer encargué para mi un serrabulho al modo de Douro, el no va más, la mujer de Casimiro es de Douro, hace el serrabulho de una forma divina, es para morirse, no sé si me explico. No sé qué es el sarrabulho, dije, pero debe de ser un plato mortífero, como todos los platos que a ti te gustan, seguramente un plato con carne de cerdo, tú adoras la carne de cerdo, hasta con este calor comes carne de cerdo, pero antes de que nos vayamos al restaurante tengo que hablar contigo, incluso he traído una botella de champagne, ahora debe de estar caliente, pero podemos poner en las copas unos cubitos de hielo, aquí lo tienes, es un Laurent-Perrier, lo he comprado en la Brasileira do Chiado.
... (…)
... El sarrabulho venía en una bandeja de barro, de esas de color marrón con flores amarillas en relieve, de estilo popular. A simple vista, tenía un aspecto repugnante. En el centro de la bandeja estaban las patatas, doradas por la grasa, y alrededor, los trozos de carne y las tripas. El conjunto estaba empapado por una salsa marrón que debía de ser de vino o de sangre cocida, no tenía la más mínima idea. Es la primera vez que como una cosa de éstas, conozco Portugal desde hace muchos años, dije, lo he recorrido de arriba abajo y nunca he tenido el suficiente valor para probar este plato, hoy va a ser el final para mí, voy a acabar intoxicado. No te arrepentirás, dijo Tadeus al servirme, come, tímido mío, y no digas burradas. Hundí el tenedor en un trozo de carne casi con los ojos cerrados y me lo llevé a la boca. Era una delicia, una comida de un sabor refinadísimo. Tadeus se dio cuenta de ello, se puso radiante y sonrió con la mirada. Es un plato magnífico, dije, tienes razón, es una de las mejores cosas que he comido en mi vida.
... (…)
... Pues bien, dijo la Mujer del Señor Casimiro, si el señor quiere hacer un buen sarrabulho tiene que preparar la carne el día anterior, corta el lomo en trozos regulares y los pone en adobo con los ajos picados, vino, sal, pimientas y comino, al día siguiente se encontrará una carnecita muy aromática, el señor coge una cacerola de barro y corta en ella el tocino entreverado, que es como se llama a la grasa de las tripas, y lo deja derretir a fuego lento, pone a sofreír los tacos de carne en la manteca de cerdo con el fuego más fuerte y después lo deja cocer muy despacio, cuando la carne esté casi cocida se riega con el adobo del día anterior y se deja evaporar, entretanto, el señor corta la tripa y el hígado y los sofríe en la manteca hasta que quede todo bien dorado, aparte rehoga la cebolla con el aceite y lo une con el cuenco de sangre cocida, después lo junta todo en la cazuela y el sarrabulho ya está preparadito, lo aliña con más comino si le apetece y lo acompaña con patatas, gachas o con arroz, aunque yo prefiero las gachas, como ya le he dicho, porque es así como se hace en mi tierra, pero no es obligatorio.
... La Mujer del Señor Casimiro suspiró por el esfuerzo que había hecho y apoyó una mano en su abundante pecho. Y ya está, dijo, a partir de ese momento el provecho es para la barriguita, ya sólo queda comérselo.

Antonio Tabucchi
"Requiem"

domingo, 25 de abril de 2010

Marco Denevi

... Las manos le temblequeaban. Tuvo una última vacilación. Miró a la joven. Pero la joven, de pie a su lado, tenía el aire respetuoso de una criada de confianza que asiste a su patrona. Entonces la señorita Leonides no espero más, el hambre era más fuerte que la buena educación, que la vergüenza y el disimulo. Como a un dios hindú, diez brazos le brotaron a derecha y a izquierda, y con esos tentáculos ondulando todos a un tiempo cayó sobre la bandeja. Durante largo rato su conciencia desapareció. Una Leonides Arrufat astral manipuló cucharitas que se sumergían en jaleas rosáceas, en traslúcidas mermeladas, en perfumado té con leche, y que luego ascendían rabiosamente hasta su boca; maniobró con cuchillos cargados, como diminutas grúas, de dulce y de manteca; trituró tostadas que le llenaban el cráneo de ruido, medialunas tiernas como tiernos pollos deshuesados, trozos de una torta que se desleía sobre la lengua y derramaba los más sorprendentes, los más imprevistos, los más exquisitos sabores. A ratos levantaba hacia la joven unos ojos sin pensamientos, unos ojos de mica, la joven le sonreía, ella le devolvía maquinalmente la sonrisa, y seguía devorando.
... Hasta que todo el monumento quedó reducido a ruinas. Entonces la señorita Leonides se juntó otra vez con su espíritu, se recostó en la silla, dio un magistral suspiro que a mitad de camino se le metamorfoseó en un eructo, miró tímidamente a la joven, murmuró, como excusándose:
... —Delicioso. Muchas gracias.

Marco Denevi
"Ceremonia secreta"

miércoles, 21 de abril de 2010

John Fante

La cocina. La cucina, la verdadera patria, la cálida gruta del hada buena en las entrañas de la sombría tierra de la soledad, cazos de pociones dulces al fuego, gruta de hierbas mágicas, romero, tomillo, salvia y orégano, bálsamo de loto que devolvía la cordura a los lunáticos, la paz a los afligidos, la alegría a los tristes, pequeño mundo de treinta y cinco metros cuadrados donde el altar eran los quemadores, el círculo mágico el mantel de cuadros donde comían los niños, los niños crecidos, atraídos a sus orígenes, el sabor de la leche materna flotando aún en la memoria, perfume en las fosas nasales, los ojos relampagueando, y el mundo malvado quedaba lejos porque la vieja hada madre protegía a su camada de los lobos de fuera.

John Fante
"La hermandad de la uva"
Editorial Anagrama